El paro docente: la rutina del fracaso 25/01/2020

Por Walter Leal , para prensa del Partido Libertario Chubut

Un nuevo paro docente se adelanta al comienzo de las mesas de febrero. Lo que debería ser una señal de alerta para los chubutenses, hoy es una rutina: el paro se ha transformado en una práctica cotidiana en las páginas de la educación argentina.

Todos los años, cientos de docentes se ausentan de sus puestos de trabajo a modo de reclamo al estado por el pago de sus haberes, en los tiempos y formas pautadas por el convenio colectivo de trabajo. La huelga, afirman, es consecuencia de una falencia, una acción política concreta; su efecto primario es la pérdida de horas de clases y de formación académica para las nuevas generaciones.

Ante lo dicho, considero pertinente detenerse a reflexionar sobre algunos aspectos puntuales a la lógica del conflicto. En primer lugar, el paro ¿es el medio adecuado -o más bien el único- para presentar un reclamo? A mi parecer, decir que hay una relación de causalidad inmediata entre el incumplimiento del pago de haberes y la acción específica de la huelga es una falacia o un acto de mala fe, pues el individuo, tal como expresa el filósofo Jean Paul Sartre, no puede “no elegir”, o lo que es lo mismo, que no elegir es una elección.

Y la angustia que experimenta el individuo en la toma de una decisión es siempre un temor a la pérdida, pues el ser siempre desea conservar su condición existencial, el conjunto de elementos que, encabalgados unos con otros, constituyen el contexto particular. Por lo tanto, los docentes son responsables directos de los efectos de sus actos.

Si los docentes son responsables de su condición existencial, al percatarse que a quien por contrato le corresponde el pago de sus haberes demora un tiempo prolongado en hacerlo -convirtiéndose en su deudor-, nos dirige a la segunda interrogante: ¿por qué si una de las partes incumple el contrato pautado no se da por finalizado? Esta pregunta amerita dos nuevas observaciones: la primera es que la educación pública prima sobre el sector privado.

La escasa oferta educativa conlleva a que el empleador sea siempre el mismo: el político. La segunda aseveración es que los docentes no critican dicha hegemonía del mercado; al contrario: la defienden, la celebran. La oración “yo defiendo la educación pública” es la expresión de una ironía: clamar por la libertad y colocarse la soga al cuello.

La educación, la docencia y el alumnado están condenados hasta que identifiquen el problema de fondo: la falta de libertad.

Walter Leal es estudiante de Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, sede Trelew.

Ir arriba